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martes, 7 de mayo de 2024

Carta sobre los judíos y la masonería que recibió Agustín Barruel de Juan Bautista Simonini.

 




Copia de una carta; que yo, Agustín Barruel, canónigo honorario de Nuestra. Señora, recibí en París, el 20 de agosto de 1806.

Florencia, 19 agosto de 1806.

 

   Muy señor mío: Hace pocos meses tuve por casualidad la dicha de leer vuestra excelente obra titulada: Memorias de los jacobinos, que he leído, o mejor dicho devorado con indecible placer, y de la que he sacado grande utilidad y mayores enseñanzas para mí propia conducta, tanto más cuanto que en ella he encontrado pintadas infinidad de cosas de que en el curso de mi vida he sido testigo ocular, aunque sin comprenderlas del todo. Recibid, señor, por todo ello de este ignorante militar, que tal lo soy, las más sinceras felicitaciones por vuestra obra, que con justo título puede llamarse la obra por excelencia del pasado siglo. ¡Ah, qué bien habéis quitado la careta a esas sectas infernales, que preparan los caminos del anticristo y son las enemigas implacables, no sólo de la religión cristiana, sino también de todo culto, de toda sociedad y de todo orden!

   “Hay sin embargo entre esas sectas una, a la que no os habéis referido sino muy de pasada, quizá porque es la más conocida, y en este concepto la menos temible; aunque en mi opinión es hoy el poder más formidable, si se consideran sus inmensas riquezas y la protección de que goza en casi todos los Estados de Europa. Ya comprenderéis que me refiero a la secta judía. Parece en un todo enemiga y separada de las demás; pero realmente no lo es. En efecto, basta que cualquiera de ellas se declare enemiga del nombre cristiano, para que el judaismo la favorezca, la auxilie y la proteja. ¿No le hemos visto y no le vemos todavía ahora prodigar el oro y la plata para sostener y dirigir a esos modernos sofistas, francmasones, jacobinos e iluminados? Los judíos, por consiguiente, no forman con todos los otros sectarios si no una sola asociación para aniquilar, a ser posible, el nombre cristiano. Y no creáis, señor, que en esto exagero lo más mínimo; pues yo no sostengo sobre este punto nada, que no me haya sido declarado por los mismos judíos, y ved de qué manera:

   Cuando el Piamonte, de donde yo soy nativo, se hallaba en revolución, tuve ocasión de frecuentar el trato y tener confianza con ellos aunque ellos fueron los primeros en buscarme; y como yo entonces escrupulizaba poco, afecté estrechar con ellos grande amistad, y llegué a decirles, suplicándoles el más rigurosa secreto, que había nacido en Liorna de familia judía; que muy pequeño todavía, había sido educado por no sé quién que ni siquiera sabía si había sido o no bautizado, y que a pesar de vivir y obrar exteriormente como católico en mi corazón pensaba como los de mi nación, por los que había conservado siempre tierno y secreto amor. Entonces ellos me hicieron los mayores ofrecimientos y me franquearon toda su confianza. Me prometieron el ascenso de general, si me prestaba a entrar en la secta de los francmasones; me enseñaron grandes cantidades de oro y plata que distribuían, me decían, entre los que abrazaban su partido, y se empeñaron en regalarme tres armas adornadas con las insignias de la francmasonería, que yo acepté para no disgustarlos y animarlos a que me dijeran sus secretos. He aquí lo que los principales y más ricos judíos me descubrieron en diferentes ocasiones.

   1° Que Manes y el infame Viejo o anciano de la Montaña habían salido de su nación;

   2° Que la francmasonería y la secta de los iluminados fueron fundadas por dos judíos, cuyos nombres me dijeron más que por desgracia se me han borrado de la memoria;

   3°  Que de ellos, en una palabra, habían tomado origen todas las sectas anticristianas, tan numerosas al presente, y cuyos afiliados ascendían a muchos millones de ambos sexos, de todo estado, categoría y condición;