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jueves, 20 de mayo de 2021

La masonería – Por Rubén Calderón Bouchet.


 



Nota Nuestra: Esta publicación sobre la masonería tiene una visión filosófica-católica. Por lo que para ciertos lectores les puede parecer una lectura un tanto árida.

 

   Se puede decir muchas cosas acerca de la existencia y de los planes secretos o menos secretos que sostiene esta misteriosa sociedad. Se puede hablar de ella con o sin conocimiento de lo que se dice y exagerando, aquí y allá, su valor, su influencia y la antigüedad de sus orígenes. Una cosa es cierta y es que surgió con gran energía a partir del siglo XVIII y se fue transformando a la par de los acontecimientos revolucionarios para tener en sus manos la conducción de la mayor parte de los gobiernos europeos y americanos. Nadie ignora sus raíces gnósticas y cabalísticas, ni la indudable influencia que tuvo en el crecimiento de la mentalidad ideológica, liberal en sus comienzos pero que a poco andar tomó, en algunos de sus sectores, un sesgo decididamente socialista.

 

   Sería pueril atribuir a todos sus miembros una unanimidad en el pensamiento y la acción que no suele ser el privilegio de quienes combaten, antes que nada, por intereses ligados al poder. No obstante las discrepancias estratégicas y tácticas que pueden existir con respecto a los métodos para lograr sus propósitos y a los hombres que pueden integrar sus cúpulas dirigentes, tienen un enemigo común: Cristo y todo cuanto, en alguna medida, favorece la explosión de una espiritualidad cristiana y, en consecuencia, de una mentalidad favorable a una concepción realista del orden natural y a eso que la escuela morraciana y positivista llamaron la física social. Por supuesto que un orden natural concebido en esos términos alienta una concepción del mundo fundamentalmente teonómica y la masonería, desde su iniciación, ha combatido por la imposición de un antroponomismo decidido.

 

   En pocas palabras, estos movimientos masónicos se propusieron, desde el instante mismo de su nacimiento, dar una visión naturalista de la revelación y crear una sociedad que tuviera la responsabilidad de una versión puramente humana de la obra de la redención. El nuevo poder redentor sería, al mismo tiempo, político y eclesiástico. La política tomaría a su cargo el papel liberador de la Iglesia mediante la impartición de una doctrina laica infalible para desterrar, definitivamente, los errores provenientes de la superstición. Predicaría una ética que librara al hombre de los tabúes impuestos por la moral cristiana y procuraría la implantación de una justicia social que desterrara para siempre la miseria.

 

   Estos tres objetivos: ilustración, liberación y riqueza económica venían junto con la santa trilogía revolucionaria de la igualdad, libertad y fraternidad. Para alcanzarlos se imponía luchar contra todos los cuerpos sociales que son el resultado de las desiguales aptitudes en el curso de la historia y al mismo tiempo anti-cuerpos indispensables para defender los organismos comunitarios contra el ataque disolvente de las consignas revolucionarias.

 

   Ambos enemigos: la Iglesia Católica y los naturales cuerpos intermedios del orden social, dan a las fuerzas masónicas una unidad en sus directivas que sería muy difícil encontrar en asociaciones que luchan por la fe común. El odio crea una suerte de infalibilidad al revés que da a sus ataques una certeza admirable para golpear al adversario en sus puntos débiles.

 

   Esta certeza para señalar los desfallecimientos del enemigo ha sido observada con asombro por los cristianos más inteligentes y atentos a los ataques de la masonería, por esa razón cuando tienen alguna duda con respecto al valor de un movimiento que aparenta defender las puestas católicas, averiguan lo que dicen de él las publicaciones masónicas o comunistas y tienen la plena seguridad de que si piensan mal de esa corriente de pensamiento es porque es buena y han percibido ese valor con la agudeza de su rencor vigilante.

 

   Guénon decía que en sus comienzos las sociedades masónicas cultivaron ciertos conocimientos esotéricos que por su índole debían permanecer en el secreto de algunos pocos hombres especialmente preparados para comprenderlos con armonía y equilibrio. Estos «iniciados», para darles el nombre que conviene a los adeptos de una «gnósis», conocían verdades reveladas por poderes ocultos que les permitía alcanzar una perfección en el conocimiento y la operación, de la que el común de los hombres no tenían la menor idea. Guénon, como otros privilegiados por el cultivo de saberes ocultos, no dice nada acerca de su origen, ni de su contenido. Tampoco prueba a lo largo de sus reflexiones inevitablemente exotéricas, que posea una ciencia capaz de superar los límites de una excelente inteligencia. En otras palabras, Guénon prueba saber lo que sabe una buena cabeza formada en la universidad de Francia, luego de haber cursado estudios de lenguas orientales, con especial atención a los escritos de la tradición sánscrita y muy probablemente también cabalística. Da a entender, en el calor oscuro de algunas insinuaciones más o menos sibilinas, que posee la clave de una ciencia profunda, tradicional, de la cual las religiones por nosotros conocidas, son la expresión «ad usum populi», adaptadas en cada circunstancia, al temperamento y las aptitudes metafísicas de los distintos pueblos.